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Convicciones y desafíos para subir la vara

Fuente: Clarín

https://www.clarin.com/revista-enie/escenarios/convicciones-desafios-subir-vara_0_Sktu_a5N-.html


Ante el estreno de la ópera El gran macabro, tras su debut fallido en 2011, el director del Teatro Argentino de La Plata habla de las dificultades del género.

De un escenario a otro. La potente ópera de Ligeti está basada en la pieza de teatro “La balada del gran macabro”, del dramaturgo belga Michel de Ghelderode. Bauer hace un balance de las instituciones.


"El tango es como la soja”, es el primero de los títulos que suelta Martín Bauer, actual director del Teatro Argentino de La Plata apenas empieza a conversar con Ñ. “Me gustaría que quede bien claro que no tengo nada en contra de la soja ni del tango. Sin embargo, apunto a que el dinero de Cultura se invierta en asuntos que estén menos a la mano de todos nosotros. Tal vez se entienda mejor si continúo con la metáfora sojera: vivamos de la soja, pero intentemos crear productos manufacturados y, sobre todo, sepamos que si solo plantamos soja, la riqueza de nuestra tierra se agotará y nos quedaremos sin nada”.


La explicación de Bauer viene a cuento del estreno de El gran macabro, la ópera de György Ligeti, una de las pocas escritas en la segunda parte del siglo pasado (su primera versión es de 1975), que logró atravesar la usual barrera conservadora de las casas de ópera para empezar, poco a poco, a formar parte del repertorio.

La ópera tuvo un estreno literalmente rengo, en la apertura de la temporada 2011 del Colón, cuando a pesar de las durísimas medidas de fuerza, Baldur Brönnimann, director musical en esa oportunidad, se decidió a continuar con la empresa porque creía que tenía sentido no tirar por la borda lo realizado por los otros cuerpos artísticos, y permitir que se viera la puesta de la Fura dels Baus. La obra se estrenó con un arreglo para teclados y percusión hecho por el mismo Brönnimann. Esta vez, El gran macabro contará con la puesta en escena de Pablo Maritano, escenografía de Enrique Bordolini y dirección musical del italiano Tito Ceccherini.

Ese comienzo fallido no amilana a Bauer. “El proyecto de estrenar El gran macabro en el Argentino surgió a partir del éxito que significó la puesta de Die Soldaten, la ópera que se montó el año pasado en el Colón”, cuenta. La posibilidad de estrenar un título como Die Soldaten, la ópera de Bernd Alois Zimmermann, en un teatro que no cuenta con actualización escenotécnica necesaria para emprender grandes desafíos, desató enormes resistencias: una obra que es descartada por imposible en muchos teatros no podía programarse en el Colón. Contra viento y marea, Darío Lopérfido –quien en ese momento ocupaba el cargo de director artístico del teatro— no solo dio su aprobación para que se programara sino que puso toda su energía en que ese estreno se llevara a cabo de la mejor manera posible. Dice Bauer: “Es vital conocer la historia, no se puede desconocer la tradición porque el pasado es dinámico. Die Soldaten fue el triunfo de la perseverancia de una comunidad exigente en términos culturales, que se preguntó por qué no se podía hacer una obra como esa aquí”.

–Es una obra que se hace muy poco en el mundo.

–Ahora se hace más. Pero de cualquier modo eso da igual. Porque, ¿cuál sería el mundo? Hay ciudades que no hacen esto pero hacen otra cosa. La pregunta para mí era por qué negarse a un evento como ese cuando Buenos Aires fue y es eso.

–Me sorprende tu idea de “pasado dinámico”, suena a revisionismo.

–No, está lejos de eso. Lo que quiero decir es otra cosa. Muchísimos porteños no fueron al Di Tella pero, ¿creés que no están afectados por lo que pasó allí? Del mismo modo que uno estaría afectado por la revista Sur aunque no la hubiera leído. Esto es lo que significa para mí el dinamismo del pasado, el hecho de que ese pasado no se pueda desconocer. La existencia de un teatro de ópera funcionando importa no sólo a los trabajadores, la comunidad artística o el público que asiste. Importa también al que no va, pero sobre todo al que podría ir.

–Buenos Aires no sería la misma sin la tradición del Colón. Pero también es cierto que el Colón no sería el mismo sin ciertos momentos que lo marcaron como un teatro que estaba mirando lo que pasaba en el mundo. El estreno de Moisés y Aarón, de Schoenberg, en 1970, por ejemplo.

–Claro, porque no es el espacio físico lo que determina que un sitio como el Colón sea imprescindible sino lo que suceda dentro de él. De lo que el Colón programe, dependerá su incidencia en nuestras vidas y en las vidas de nuestros hijos y nietos. Die Soldaten fue la culminación de esto. Me acuerdo perfectamente bien del día del estreno en el Gran Abono. Estaba muy perturbado, no tenía una percepción de lo que sucedía en la platea, cosa que no es habitual para mí, que suelo percibir el ánimo del público. Cuando llegó el intervalo, un crítico me levantó el pulgar y recién ahí me relajé un poco. Uno nunca tiene comprado el éxito de una producción. Más allá de todo lo que sucedió en torno a la posibilidad de hacer semejante obra en el Colón, con todo el debate que se desató en aquel momento, fue un hito. Lo que hay que saber es que cuando se produce un hito también se genera una gran ambivalencia.

–A esta altura me resulta evidente que estás viendo a El gran macabro como una experiencia en escala La Plata de lo que sucedió con Die Soldaten en Buenos Aires.

–Sí. Por eso elegí el mismo equipo artístico. Pero hay cosas para decir: lo primero es que El gran macabro es de las pocas óperas del siglo XX que quedan sin estrenar acá. Te diría que Die Soldaten era un déficit, como también lo era la Cuarta sinfonía de Charles Ives, hasta que la estrenamos en 2012. Porque las cosas hay que decirlas: ¿te imaginás al teatro porteño sin haber estrenado a Harold Pinter? ¿Puede una ciudad que se dice a sí misma capital cultural no estrenar a Harold Pinter? No puede. Del mismo modo, no podía no haberse estrenado la 4ta de Ives aunque fueran a escucharla –y ahora vuelvo al público pero del lado opuesto– solo 100 personas. El público de esa obra existe. Las minorías estéticas existen, y te guste o no, muchas veces lideran. No se puede tachar y subestimar todo eso. Entonces, entre las óperas que faltan del siglo XX, más allá de San Francisco de Asís, si se estrena Ligeti se cubre todo el espectro.

–¿Por qué desechás San Francisco de Asís?

–Es larga y muy compleja.

–Al igual que Die Soldaten.

–Pero tiene dos actos, uno igual al otro. Es muy pero muy difícil. Aunque tal vez alguna vez se pueda hacer.

–El gran macabro tuvo su estreno fallido. ¿Te parece que cumplió con tu idea de sentar un precedente cultural o no sirvió para mucho?

–En su momento no estuve de acuerdo con que se hiciera sin la orquesta, pero retrospectivamente, el hecho de que Baldur tomara esa decisión me hizo pensar en esa voluntad de un grupo humano concentrado en su trabajo, pensando cómo seguir mirando hacia adelante y no para atrás. Se hizo como se pudo. Y yo creo que no hay frustración que dure cien años. Se estrenará ahora completa, con las dificultades que tiene estrenar una ópera como esa, en un contexto tan débil como el del Argentino y de la Argentina. Hay momentos en los que se avanza y momentos en que se retrocede. La comunidad cultural le da mucho a la Argentina. Por eso creo que, en términos generales, a los que conocen el terreno se les debe dar la libertad de equivocarse. El contexto cultural se arma con muchas cosas: con Verdi, con Die Soldaten, con Donizetti. Pero uno no puede restarse al debate. Formar parte de un teatro, verlo funcionar bien es conmovedor. En este caso, el plus lo da este contexto, que es muy difícil. Es muy complejo hacer ópera.

–El Argentino volvió a ofrecer sus funciones a las 20, cosa que dificulta la llegada de la gente de Buenos Aires. ¿Estás pensando en un teatro que se abastezca del público local?

–Para mí, el Argentino de La Plata es como el Covent Garden: no tiene nada que ver con ningún teatro cercano. Y La Plata es una capital mundial de la Cultura, quiero lo mejor para ella. –¿Por qué no hay ninguna oferta gastronómica en el teatro? Es algo que no sucede en ningún teatro del mundo. –En el caso del Argentino hay un conflicto puntual entre la Fundación del teatro y quien era el proveedor de esa oferta.

–¿Y por qué tiene que haber un único proveedor?

–Este asunto es parte de lo que se está discutiendo. El teatro está en un proceso de reformas importante. También la provincia de Buenos Aires está redefiniendo su relación con los empleados, con pases a planta. Hay conflictos de todo tipo y grandes. Creo que hay que armonizar siempre con las circunstancias porque tampoco se puede reducir lo que el teatro haga al interés de tal o cual persona.

–Volver a tener el orgullo de formar parte de un cuerpo que produce un hecho artístico debería ser un objetivo, que no esté reñido con la discusión salarial. En todos los teatros hay problemas, pero en rarísimas oportunidades se sale a hacer una declaración hacia el público. Aquí, involucrar al público mientras se negocia es la norma.

–Un teatro puede desaparecer como desaparecieron los trenes. Quizás no tanta gente lamente la pérdida de un teatro como la de los trenes, pero seguro habrá más de uno que sí lo lamentaría. De cualquier modo, lo que debe saberse es que cuando un teatro cierra pierde una esencia que es imposible reconstruir. El Argentino conserva su esencia. Y eso se ve cuando uno ve entrar a los cuerpos artísticos por la parte de atrás. Deseo y trabajo para que eso no se evapore. Tuve la enorme fortuna de trabajar con Kive Staiff. Él tenía esa idea en el horizonte. Me transmitió no solo el amor sino también las herramientas para percibir lo que sucede en el teatro, no solo dentro del escenario sino con el público. Tuve la experiencia con él de lo que puede ser un teatro, y sobre todo de lo que puede no ser un teatro.

–Decís que tuviste la experiencia de saber “qué no es un teatro”. ¿Fue en el San Martín?

–Sí, cuando se fue Kive. No quiero ser injusto porque quiero mucho a la gente con la que trabajé después. Y no quiero poner nombres porque no se trata de los trabajadores del teatro. Lo que pasó en ese momento fue un derrumbe, como si hubieran cortado los cables. Todo se destruyó. Volver a crear la mística de un teatro es una tarea ciclópea. Espero que con la reapertura pueda reconstruirse. Lo que sí remarco es que hubo un Kive Staiff y que no se puede desconocer esa marca, ese nivel, ese compromiso, ese amor y ese orgullo por su tarea. Yo me siento tributario de Kive. Él tenía la idea de que Buenos Aires es mucho más que un puerto. Él me hizo doblar la apuesta una y otra vez. Ojalá pueda reproducirse esa atmósfera de trabajo nuevamente.

El gran macabro, de György Ligeti Dirección musical: Tito Ceccherini Dirección escénica: Pablo Maritano Lugar: Teatro Argentino de La Plata (Av. 51 702, La Plata) Funciones: 14, 16, 21 y 23 a las 20.

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